La puerta se cerró detrás de nosotros. Dentro un fuego acojedor en una chimenea ennegrecida por el humo de varios años, una gran mesa con aspecto de antigua y varias sillas dispuestas alrededor de ella. Las paredes de aquella sala decoradas con instrumentos de labranza antiguos, cuchillos y hachas de forja casera invitaban al recuerdo de otro tiempo, algunos muebles viejos, alacenas y baúles completaban la recargada decoración.
Sobre la mesa dos vasos y una botella de vino esperaban a ser dispuestos, Papá entró en una pequeña despensa y volvió al poco con una cuña de queso y los correspondientes tabla y cuchilllo. Se sentó a mi lado y se puso a cortar queso tras servir vino en ambos vasos. Yo estaba callado, él no me miraba, tan solo cortaba queso y bebía. Cuando por fin acabó de cortar me ofreció un poco y levantó el vaso con intención de brindar, hice lo mismo y al chocar los dos cristales, el sonido tintineante acompañó su frase. -Me estoy muriendo hijo.
Un largo silencio vino después. Mi cara debía reflejar la enorme confusión que en ese momento me llenaba, porque sus siguientes palabras fueron - ¿Estás bien?- Si. Estoy bien-
No hubo llantos ni largos discursos, sólo vino y queso.
Poco después se levantó y con un gesto me invitó a acompañarle, nos dirigimos a una pequeña bodega que había en la parte trasera de la casa. Allí papá levantó una baldosa y sacó una pequeña caja fuerte. 010489, la fecha de mi cumpleaños, qué adecuado. Estuvo un rato mirando dentro hasta que por fin sacó unos papeles y una bolsa. En la bolsa multitud de billetes de los grandes, no se con exactitud qué cantidad habría. Los papeles varias acciones de empresas de informática y petrolíferas.
-Cuídalo hijo, esto es para tí y tu madre. Adminístralo bien y no tendréis nunca problemas económicos- Mi pregunta siguiente era obligada - ¿Cuándo va a pasar?
-No lo se bien, los médicos dijeron tres meses y de esto hace dos, pero yo me encuentro bien-
-¿Por qué no me lo dijiste antes?
-No merecía la pena hijo.
Esa misma noche se fué, entre los brazos de mi madre que hubo de soportar para siempre la carga de haberse despertado con mi padre muerto en su regazo. Al funeral vino muy poca gente, luego lo incineramos y esparcimos sus cenizas en un arroyo donde él solía ir a pensar. Después continuamos la vida con normalidad, toda la que cabe esperar. Pero aún todas las noches que puedo me acerco hasta la despensa, cojo dos vasos, una cuña de queso y me siento a hablar con él mientras corta el queso y brindamos.
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