miércoles, 6 de enero de 2010

Una noche cualquiera

En estas noches sin Dios ni patria
lejos del hogar, de la persona amada
apenas queda un reflejo de esperanza
apenas queda nada...

- Hacía ya dos días con sus noches que me había quedado solo. El resto de la patrulla simplemente había desaperecido o estaban muertos. El hedor a putrefacción y los cientos de carroñeros que se amontonaban sobre los cadáveres me obligaron a escapar lejos de allí, quizá también tuvieron algo que ver la heladora visión de toda mi compañía tendida sobre el suelo sin vida y los gritos de dolor de los pocos supervivientes. Sin agua, sin comida, sin ayuda. Solo restaba huír. Lejos, lo más lejos posible.
Se acercaba la noche y aún no había conseguido nada que llevarme a la boca, lo único que me llevé fue un cuchillo, pero con las pocas fuerzas que tenía apenas podía intentar cazar alguna lagartija. Encontré un arroyo de agua sucia, pero no tenía alternativa, debía beber. Al parecer el agua no era sana, pero en lugar de morir la suerte me regaló una profunda diarrea que no hizo sino deshidratarme más, así que a partir de ese momento decidí beber solo la savia de los árboles.
Recordarla era lo único que me mantenía vivo, la esperanza de volverla a ver al menos una última vez.
Las horas pasaban. La oscuridad envolvía todo con su gélido manto. El tiempo cada vez pasaba más despacio. Mi cuerpo poco a poco fue perdiendo el contacto con el mundo y ya solo sentía frío.
En el último instante de mi vida creía ver una luz, blanquecina y etérea y emergiendo de ella la ví.
Venía a salvarme...

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